Despojarme.

Curiosamente si Ingenue tuvo sentido de lunes a miércoles, tiene el sentido inverso de jueves a domingo. ¿Para bien o para mal?, yo creo que en estos instantes de mi existencia para bien o, en el mejor de los casos, ninguna de las dos. Por el momento sólo me queda esperar que llegue la oportunidad […]

Confieso que.

P.D: No, esto no es un poema.

A veces me canso de ser feminista, femenina y mujer,
todo al mismo tiempo.

Colorearme uñas, piel, cabello y huesos
para sentirme femenina
una suerte de muñequita de cuerdas
pero feminista y femenina
todo al mismo tiempo

De repente también
me canso de ser mujer
(lo sé, difícil de creer)
me canso de no poder parar el vaivén de mi cintura
con una buena melodía de rock
o el paso al caminar
(demasiado coqueta para el rock/ demasiado rígida para ser sensual)

Pero por sobre todo
me canso de ser mujer
cuando el manto rojo de mes en mes
me recuerda nací para procrear
no para bailar

Me canso de ser mujer
porque a diferencia de los hombres
la llamita blanca nos crece en un solo chasquido
se aviva quedito quedito
¡Pero al fin se aviva! No hay quien la apacigüe
Sólo la mirada exacta
sólo dejar de ser mujer
con la mirada exacta
que te vacía cuando bajás la guardia
y te llena cuando algo, a saber el qué,  hace falta

[mirada oscura, mirada ausente, mirada color miel, mirada de tecolote…¡si son todas iguales!]

Quizás de repente –por qué no–
me canso de ser yo
Yo la inexperta
Yo la sensible tan sensible
delicada y cuasi caprichosa
yo la que quiere soledad
yo la que siempre necesita compañía
de siempre una mirada exacta

tan exacta y casi tan cualquiera
como yo

 

¿Yo?

Yo.

¿Acaso sólo yo estoy sola?

Si la infección está en todos lados
La necesidad de la no-separatidad
-la maraña de ramas secas y grises que siempre están ahí-
de yacer a la par de un cadáver menos muerto que uno

Si esta infección es de seres humanos
y yo soy ser humano
[¿o no?]
o

 

Al fin que entonces de lo que estoy harta es de ser humano.
 

Imagen tomada de: http://lesstalkmoreillustration.com/image/160108537362

 

 

Al otro lado del río.

Sobre todo creo que no todo está perdido
Tanta lágrima, tanta lágrima y yo, soy un vaso vacío

Oigo una voz que me llama casi un suspiro
Rema, rema, rema…

-Jorge Drexler

Las personas hablan de la felicidad como si esta se encontrara en la cima de una pirámide altísima; como si fuera algo difícil de alcanzar y que implica ir escalando, un escalón por logro, cada logro un escalón más cerca y no como si fuera un río sin final, un río donde en todo momento se puede remar feliz. La Semana de Inserción del PLIUL 2017 redefinió en mí tanto el concepto de felicidad como el del amor. Por primera vez tuve la oportunidad de sentir el amor y no pensarlo, vivir la felicidad y no intentar alcanzarla. Pero para ello tuve que desprenderme de muchos “mí misma”, porque sólo desprendiéndote de ellos es como podés construir algo nuevo en vos.

¿A qué renuncié durante una semana entera? Por sobre todas las cosas, a mi zona de confort y por ende a todo tipo de comodidades: a una cama que acostumbro a usar, un inodoro brillante en lejía y desinfectante, comidas quizás no tan sanas pero abundantes y condimentadas e incluso a la música y los libros de poesía. De todo esto, lo que más extrañé fue la música. De repente un paisaje la ameritaba, un instante, un momento de descanso…Y  sin embargo –aunque mi cama no apareció- la poesía sí estuvo ahí, porque ¿acaso no son los sentimientos desbordantes como la felicidad y el amor los que la definen? De ser así, definitivamente la poesía estuvo ahí y cualquier excusa (la enfermedad, el calor, el hambre, el cansancio, el no bañarme por dos días…) quedaba en un segundo plano comparado con todo lo que estábamos viviendo. Personas como Niña Evila, como la Niña Paty, Don Miguel o Niña Consuelo; niños con sonrisas tan reconfortantes como las de Crucita o la mirada inocente de Mincho, son los que te hacen comprender que el amor es una fuerza mucho más grande que lo que muchos te  plantean. Que el amor puede estar en un gesto tan simple como que una señora que ni te conoce te abrace para agradecerte sinceramente por regalarle ropa que no es siquiera tuya, o en la sonrisa de una señora al verte hacer con tanta dificultad una pupusa que a ella no le toma más de dos minutos hacer; incluso en que con desprendimiento te regalen de su café y pan dulce que quizás no tenían planeado comprar con el poco dinero que tienen,  o que te presten su baño sin conocerte y te inviten a su casa como si fueras de su familia. ¿Qué es el amor sino esa capacidad de desprendimiento, de compartirte todo lo poco que tienen sin siquiera saber tu nombre? ¿de no querer si quiera que les ayudemos  en sus labores (cuando en realidad somos totalmente inexpertos y terminamos asumiendo el rol de aprendices y ellos maestros)?

Y qué es la felicidad sino esa capacidad de amar aún siendo pobre. Porque para el común de las personas, los habitantes de la Comunidad Monseñor Romero, Caserío Los Almendros, son personas pobres. Incluso ellos mismos se denominan pobres. Porque para el común denominador, el ser pobre radica en la carencia de ciertas posesiones materiales que son catalogadas como “indispensables” para la vida de un individuo. Algo sumamente  relativo porque, por ejemplo,  para muchos de nosotros   un inodoro de tanque es indispensable pero para ellos no. O tal como me lo dijo un hermanito mayor: “ellos no necesitan eso”. Quizás para ellos sea indispensable un terreno donde cultivar maíz  mientras que para nosotros, más que un terreno,  sea indispensable un trabajo estable en la ciudad.

No. Ellos no son pobres, ellos son ricos. Son ricos en sabiduría, son ricos en valores como la paciencia, el trabajo y la dedicación…poseen múltiples conocimientos para poder sobrevivir aún en circunstancias hostiles. Pero por sobre todas las cosas: poseen la riqueza del amor, la sabiduría de poder ser feliz con poco, de desear quizás más comodidades pero no sacrificar su felicidad por ello. Niña Evila ama su casa, ama los paisajes que vio al nacer, incluso a pesar del dolor de cabeza que este calor no natural le pueda provocar. Ella ama lo que tiene, es feliz con ello y está infinitamente agradecida con la vida. Ella apenas y tiene electricidad pero tiene los mil y un destellos de estrella y los claros de luna; ella apenas tiene una pequeña casa de cemento sin murallas alrededor pero tiene paisajes preciosos con todo y volcanes; ella no tiene grandes banquetes de almuerzo pero tiene maíz natural con que comer tortilla caliente; ella no tiene dinero pero tiene amor: Cuando sabemos lo que tenemos/ y transparente todo lo vemos // no existe bota o zapato/ que pueda pisarnos hoy, ni rascacielos que rasquen/ cuando pica el corazón*.

No niego con esto que no sufran, que quizás hayan días en los que lloran y pasan hambre. Que quizás su único medicamento sean los remedios naturales de moringa, de ruda o de culantro.  Pero sí estoy segura que son más felices que muchos de los que vivimos en la ciudad aún con comodidades. Son auténticamente felices. Y estoy segura que su amor es mucho más puro que el de cualquiera de nosotros.

Nosotros, que aprendimos tanto de la vida en esa semana, nosotros que aprendimos de nosotros mismos y de nuestros demás hermanos. Yo en particular aprendí a abrirme ante múltiples personalidades, incluso a tolerar un bus con música que no me agrada (más no el reguetón, ese aún no lo tolero). Aprendí además que aún en el campo o  en la ciudad pueden haber rincones mágicos y sagrados donde revivirnos cuando estamos cayendo. Aún recuerdo nítida la vista del cielo y los cerros mientras caminábamos por los terrenos de milpa y arroz de Don Miguel y cómo me sentí minúscula frente a la inmensidad de la vida, pero a su vez me sentí acogida por ella.

Aprendí  a fluir, a dejarme guiar por el cursus de la vida aún cuando se presenten muchísimas piedras…porque algo sí es cierto: el verdadero reto empieza al regresar a tus zonas del día a día (donde hay mil y un piedras de por medio), ahí es cuando verdaderamente te retás a poner en práctica todo lo aprendido. ¡Y vaya que cuesta!

Sí, la pobreza en la ciudad es más hostil, más inhumana. La pobreza espiritual, la pobreza material…toda la pobreza es más inhumana en la ciudad que en ese rinconcito mágico que dejamos atrás hace ya un mes. Y por ello hay que trabajar. A ello hay que dedicar nuestros esfuerzos. Esfuerzos que van de algo tan simple como no despilfarrar recursos (tanto monetarios como naturales) hasta algo tan complejo como poner nuestra profesión al servicio de aquel que nos necesita. ¿No es acaso lo mejor que podemos hacer como líderes en formación? ¿No es acaso lo que debemos hacer después de haber vivido lo que vivimos?

Una de las preguntas de la primera sesión tras regresar fue: ¿A qué me siento invitado/a?  Fue la que más me costó responder, quizás porque es la que implica el “¿qué viene después?”. Además de lo mencionado en el párrafo anterior, hay dos aspectos fundamentales que puedo poner en práctica día con día y que van estrechamente vinculados con las consignas con las que trabajamos allá: Debo estar atenta a aprender de aquellas cosas simples pero preciosas que la vida me pueda ofrecer. No quiero “clavarme” con banalidades y dejar pasar sin voltear a ver siquiera lo trascendental.

Por último, esta experiencia me recordó uno de los elementos que más trabajo me ha dado a lo largo de mi vida siendo cristiana, que quizás ya había olvidado voluntariamente, y es que debo ser coherente con mi pensar y actuar. Aquello que experimenté debe traducirse en actuar acorde a lo aprendido, no puedo decir en palabras aquello que no digo con actos. Pero tras la inserción se agregó un elemento más: no todo el mundo es coherente, no todo el mundo está dispuesto a ello (a mí me cuesta querer serlo siempre) y ello no significa que estas personas estén mal, hay múltiples perspectivas y de todas ellas se puede aprender algo diferente, por lo que debo abrirme a ellas. La verdad -al menos en el río de la vida- no es sólo una: unos están más acá, otros en medio  y otros (los más valientes, los locos quizás) sí se lanzan a cruzar al otro lado del río. Por mi parte, sigo fluyendo.

*Gustavo Santaolalla